Si no soy acompañando, ¿quién carajo soy?
11 de junio de 2026
Hoy hace exactamente 5 años que nos mudamos a Baradero. Fue una transformación importante, básicamente porque tenía por fin el espacio para vivir con Allegra y otros caballos que llegaran a mi vida. Mi sueño hecho realidad.
Y luego el accidente con Poly, que me cambió la vida de golpe, tanto como el hecho de que las yeguas llegaran a vivir conmigo. Todo un cimbronazo.
Mi sueño siempre había sido convivir con caballos (en principio con Allegra, a quien había soñado desde hace mucho) y cepillarlos, conversar con ellos, tener una relación cercana y presente. Pero ese accidente, me dejó un enorme miedo en el cuerpo. Ya no era la Vero confiada y relajada, caminando tranquila entre caballos. Cada movimiento un tanto brusco de alguno de ellos, me traía de vuelta a la patada en los dientes, de la que ya hablé copiosamente. Entonces, el sueño empezó a desdibujarse. No porque se convirtiera directamente en pesadilla (no fue tan brutal como para sentirme en ese estado) pero la realidad, mi realidad, con estos seres tan amados y anhelados, era distinta a lo que me había imaginado.
Pedí ayuda, muchas veces, a muchas personas. Pero el miedo seguía (sigue) estando en mis células. Necesito un tratamiento más prolongado, para recuperar la paz.
Parte de ese sueño cumplido tenía que ver con la posibilidad de ofrecer servicio con ayuda de estos seres tan amados. Descubrí una manera propia de acompañar procesos entre caballos y humanos, que me hacía feliz y hace bien a muchos seres (equinos y personas incluidos). Esa posibilidad de cumplir mi tarea en el mundo sigue estando, pero un poco desdibujada, porque no es algo en lo que hoy (aunque es algo que amo) me genere comodidad y paz. La Vero soñadora y ejecutora, maga y alquimista, capaz de cumplir sus sueños y hacer lo que vino a hacer, se vio, de repente, obstaculizada por algo que (paradójicamente) es lo mismo que me permitía cumplir mi anhelo del alma.
Un vínculo importante, que estaba empezando a construir (con Poly) me trajo uno de los aprendizajes más importantes de mi vida (mi dificultad -inconsciente, claro- de ver al otro) y simultáneamente me cercenó lo que más deseaba. Vaya paradoja.
En este proceso, no significa que haya decidido dejar de ofrecer eso para lo cual me vine a vivir al campo: las experiencias con los caballos siguen estando (siempre lo estuvieron) entre mis servicios de acompañamiento.
Pero es como si el tiempo se hubiera detenido, para una parte de mi alma. Yo seguí avanzando, sin dudar. Pero las cosas estaban un poco desarticuladas. Durante mucho tiempo, anhelé vivir entre caballos y cuando eso fue una realidad, se cortó la fluidez de un solo golpe, encima por mi propia responsabilidad.
Creo que fue a partir de ahí que empecé a preguntarme quién sería, si mi identidad no estuviera (internamente) ligada al servicio. Si pudiera ser, sin que eso signifique necesariamente ayudar a otros.
La pregunta aparece en momentos diversos: manejando, mirando a los caballos comer, mientras camino con los perros respirando el aire del campo y mirando a la quebrada. Sin ser una gran reflexión espiritual, se parece más a una inquietud concreta y persistente.
Durante años construí mi vida alrededor del acompañamiento: a personas, animales, procesos, transformaciones. Fue hermoso, y sigue siéndolo.
Pero hace un tiempo empecé a notar algo que me resulta incómodo reconocer: sé muy bien quién soy cuando estoy al servicio de otros. Sé escuchar, sostener, ordenar, encontrar sentido en medio del caos. Hay una parte de mí que se mueve con naturalidad en ese terreno.
Lo que todavía estoy aprendiendo es quién soy cuando quiero correr esa identidad. Cuando nadie me escribe, me consulta, cuando nadie espera una respuesta de mí.
Encuentro entonces una sensación que aún me resulta difícil identificar; es como si una parte de mi identidad quedara suspendida. Entonces me pregunto cuánto de lo que llamé propósito era realmente propósito, y cuánto una manera de existir.
Ayudar puede ser (es) profundamente nutritivo. También puede convertirse en un modo de sostenerse a uno mismo. Ser necesaria me ordena, me da dirección, llena mi día de sentido y deja poco espacio para ciertas preguntas incómodas.
¿Quién soy cuando no estoy resolviendo nada? ¿Quién soy cuando dejo de sostener? ¿Quién queda cuando deja de haber tarea?
No tengo respuestas y aunque me cueste, no parece ser necesario apresurarme a encontrarlas. Hay una parte mía que está cansada de sentir la presión de llegar a las conclusiones, de transformar cada movimiento interno en una enseñanza o en una claridad inmediata, cosa que suelo hacer desde siempre.
Cuando veo series o películas en las que hay un terapeuta y un consultante conversando, me impacta que el terapeuta a veces se queda callado. Deja espacio. No dice nada, esperando que la persona descubra por sí misma lo que hace falta, a su propio ritmo. Es muy fuerte darme cuenta de que eso me cuesta, como si la responsabilidad de encontrar respuestas (para la persona) fuera mía. Ayer me pasó.
Estoy empezando a sospechar que algunas preguntas necesitan más tiempo. Que tienen su propio ritmo y requieren el paso a paso de una caminata, más que tener que, sí o sí, transformarse en un objetivo.
Tal vez exista una versión de mí que no dependa de ser útil para sentirse valiosa. Me pregunto si existe una forma de presencia que no esté ligada al trabajo, a los proyectos, a los logros, ni a la capacidad de acompañar a otros.
Todavía no la conozco. Es algo que me viene dando vueltas desde hace un tiempo y es una respuesta a un comentario que me hizo mi madre: “parece que tu identidad estuviera ligada a tu trabajo. ¿Quién es Vero cuando no trabaja?”. Me cuesta todavía encontrarla. Me cuesta simplemente soltar, no hacer nada, estar con los caballos (todavía tengo el trauma en las células y me cuesta estar en medio de la manada sin sentir tensión), caminar con los perros, dejar de producir por un rato y simplemente estar.
Estoy triste, siento un gran vacío que me deja pasmada. Porque si no soy, acompañando, ¿quién carajo soy?
Quizás este momento de incertidumbre tenga algo que ver con eso. Quizás algunas estructuras se están moviendo para que pueda descubrir quién queda cuando el ruido disminuye, cuando hay silencio y vacío y ya no hace falta sostener el mundo y todas esas cosas.
Encima, la identidad de mi negocio también fue mutando. Demasiado, creo. ¿Y si la pregunta, en realidad, fuera quién soy cuando no busco quién más ser? ¿Si esta forma que toma mi manera de ser y estar en el mundo, en realidad fuera solo una cáscara y lo genuino estuviera en otro lado?
Es muy fuerte. Lo dejo en remojo.